Devocional 1 Timoteo 3:1-7

Escrito por el mayo 14, 2019

*Palabra fiel es ésta: Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer. Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso. Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?); no un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo. Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo.*

(1Timoteo 3:1-7)

Así como Pablo instruye a Timoteo acerca de las mujeres en la iglesia, en el pasaje anterior, en este va a abordar un tema de suma importancia: las cualidades que debe poseer el hombre que quiere ser un obispo (aquí es sinónimo de pastor, anciano o presbítero).

Quisiéramos considerar estas cualidades en tres ámbitos:

1)     En su reputación y relación con la sociedad en general: debe ser un hombre que sea reconocido como honesto, decoroso, sobrio y fiel incluso por los incrédulos. Aunque ninguno de nosotros es perfecto, debe ser alguien cuyos errores no sean evidentemente señales de que no es un discípulo fiel de Cristo (al menos aún). Debe ser respetado como un reflejo del Evangelio incluso por aquellos que no creen en él.

2)     En su relación con la iglesia: debe tener la capacidad de compartir con precisión y claridad la Palabra del Señor, debe tener un carácter manso (sembrar paz en las relaciones dentro de la iglesia), ser hospitalario (abrir su hogar, su familia, ayudar a la necesidad del otro), sin avaricia (especialmente en estos días donde muchos que dicen ser pastores lo ven como una fuente de ingresos y no como servicio al Señor) y de hábitos que reflejen el fruto del Espíritu, como el dominio propio.

3)     Su vida en el hogar: la vida cristiana, dice un refrán, tiene mucho que ver con lo que haces cuando nadie te ve. Algo similar sucede aquí. Quien desee servir a Dios, y a la iglesia, debe primero cuidar, y servir, a los suyos. Si un hombre cuida de su familia, provee para ella y la edifica en la verdad de Dios esto será evidente (en la conducta de los hijos, por ejemplo) y evidencia (de su aptitud).

Una vez más, no podemos exigir ni esperar perfección de ningún hombre, todos tenemos errores o aspectos de nuestras vidas no tan firmes, pero un corazón que se preocupe por ser fiel al Señor es necesario para el servicio.

Dios siga bendiciendo a nuestros pastores, siga guardando sus vidas y fortaleciéndoles en estos aspectos, y Dios siga llamando a hombres fieles para servirle y proclamar Su Palabra!


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