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La Misionera del Aire - NICARAGUA

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A ROMA ¿POR CUÁL CAMINO?

Carl Arne Horstran 04/29/2021

[PODCAST]

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar, lo cual siempre creaba grandes expectativas entre el resto de habitantes del corral, por la belleza de todos sus polluelos. Llegado el día, y ante la mirada curiosa de todo el vecindario, los huevos fueron rompiéndose uno detrás de otro, dejando al descubierto seis hermosos patitos amarillos quienes, según iban naciendo, hacían las delicias de todos los congregados. “¡Ay!, pero falta uno”, señalaba mamá gallina; y es que, el más grande de todos aún permanecía intacto.

Los congregados centraron su atención en el huevo restante, incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento. Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, era gris, desgarbado y con el pico negro ¡Qué feo!

La Señora Pata no hallaba donde esconderse por la vergüenza que sentía de haber tenido un patito tan feo. Lo apartó discretamente con el ala mientras prestaba atención a los otros seis. El patito feo estaba tan triste por la falta de cariño y el rechazo al que se vio sometido. Sus hermanos le gastaban pesadas bromas, y para colmo se reían de él y le insultaban. El patito, muy desolado, decidió buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran. Por eso, una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.

Buscando y buscando acabó en otra granja, donde una viejecita le recogió. El patito feo, feliz, creyó haber encontrado un sitio donde por fin le querrían y le cuidarían; pero se equivocaba. La viejecita era mala y lo único que pretendía era engordar a patito para servirlo de primer plato, así que se fue corriendo de allí lo más rápido que pudo. Y así, solo y triste tuvo que afrontar un duro invierno, en el cual casi muere de frío y hambre y por poco acaba en las fauces de los perros de unos cazadores.

Cuando al fin llegó la primavera, mientras paseaba, el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes y se movían con tanta distinción que se sintió acomplejado al recordar su fealdad y torpeza. Aún así el patito, curioso, se acercó a ellas preguntando quienes eran y si él también podría bañarse en esas aguas.

—Somos cisnes, como tú. Y claro que puedes bañarte.

—¡No os burléis de mí! Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no deberíais reír por eso…

—Mira tu reflejo en el estanque -le contestaron- y verás cómo no te mentimos.

Y así el patito feo de Hans Christian Andersen, descubrió asombrado que, durante el frío y duro invierno, su cuerpo había sufrido tal cambio que ni el mismo era capaz de reconocerse.

Cuántas veces a lo largo de nuestras vidas no sentimos alguna forma de rechazo por parte de los que nos rodean; algunos más otros menos. Hay incluso quienes acaban siendo marginados de tal manera que pierden todo el sentido por el cual vivir.

Jesús dijo: El que a mí viene, de ningún modo lo echaré fuera (Jn 6:37).

No importa tu estado actual, tu aspecto, tu condición social, ni aquellas cosas negativas que otros o incluso tú mismo o tu misma piensas acerca de ti, Jesucristo siempre te espera con los brazos abiertos (Ap 3:20). Y si, por alguna razón, tu vida está por completo quebrada, debes saber que no hay nada que esté tan roto que él no pueda repararlo. Y, pase lo que pase, él nunca te abandonará (He 13:5). Acércate a él y entrégale tu vida. Soy Carl, hasta siempre.