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AUTOJUSTIFICACIÓN

Carl Arne Horstran 05/01/2021

[PODCAST]

John Lawson, exmiembro de una banda de motoristas, quien, antes de ser condenado y entrar en prisión, dedicó muchos años de su vida a ser cobrador de deudas de la mafia en Estados Unidos, con todo lo que eso implica. Según él mismo cuenta, un día, estando encarcelado, decidió enderezar su malograda vida, a raíz de

un artículo sobre él mismo publicado en la prensa, el cual le hizo darse cuenta de que quizá su vida, hasta ese momento, no había sido de lo más ética, que digamos.

Esta es solo una de la infinidad de historias personales existentes que nos llevan preguntarnos cómo es posible que asesinos, terroristas, violadores, fratricidas, extorsionadores y toda esa amplia y nefasta gama de criminales, que, aunque marginal, también es parte de esta sociedad, puedan cometer sus fechorías y actos violentos, y muchas veces reincidir en ellos una y otra vez, sin sentir ninguna culpa por ello.

Pues bien, según estudios realizados, todo delincuente utiliza técnicas, para, de alguna manera, neutralizar valores que le prohíben realizar ciertos actos, exclusivamente, con el fin autoprotector de no lastrar su propia conciencia. Excluirse de la responsabilidad, negación del delito, negación de la existencia de víctimas, condenación de quienes condenan y apelación a una instancia superior; son las cinco técnicas que emplean, bien sea de forma individual o conjunta. “Yo robaba bancos, porque sabía que les sobraba el dinero”, era la forma en la cual Juan Gil Baeza justificaba sus múltiples fechorías.

Ahora bien, la autojustificación no es para nada un asunto exclusivo de personas vinculadas a la delincuencia y a la criminalidad, ni mucho menos. De hecho, se trata de un recurso humano al que todos hemos recurrido en al menos algún momento de nuestras vidas. “No, papá, es que el me pegó primero”. “Vamos a por naranjas al huerto de doña María. Total, tiene tantas que no notará si nos llevamos unas pocas”. Salta a la vista que el grado de maldad de las “fechorías” descritas en estos dos ejemplos, no son más que de categoría 1 en una escala de diez, sin embargo, lo que quiero resaltar es nuestra necesidad de justificar, de alguna manera, nuestros actos dudosos, a fin de no ahogarnos en un mar de culpabilidad y, de esta manera, lograr mantener en calma nuestras conciencias. Y en cuanto a las cuestiones de la fe, no es diferente.

La Biblia dice: “El que en Jesús cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”(Jn 3:18).

Empleamos toda clase de excusas para no afrontar la realidad de nuestras propias vidas. “No soy tan malo”, “No soy como ese o como aquella”, “yo no robo”, “no hago mal a nadie”. Pero lo cierto es que, a la hora de la verdad, ninguno de nosotros puede apuntar a otra persona con el dedo acusador sin que otros tres apunten en nuestra propia dirección. De ahí que todos nos encontremos en la situación tan extraordinariamente bien descrita en la Biblia. Dios no es quien nos juzga, sino nuestros propios actos; y la verdad es que, aun siendo la mayoría de nosotros medianamente lo que se suele decir “buenas personas”(Rom 3:9-10), la única vara para medir nuestros actos, palabras, y pensamientos, es la justicia perfecta, capaz de examinar y dilucidar, además de lo visible, las verdaderas intenciones que esconde nuestro corazón. Y en una evaluación general, ante esa justicia perfecta, todos fallamos estrepitosamente (Sal 7:11, 2 Ti 4:8). Nos han pintado a Dios como un ser severo y castigador, pero lo cierto es que él es ante todo nuestro libertador y nuestro salvador (Jn 3:17). Sin él no tenemos esperanza. Por eso, te animo a creer hoy en el nombre de su hijo, Jesucristo. (Soy Carl. Hasta siempre.