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La Misionera del Aire - NICARAGUA

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Morir

Carl Arne Horstran 04/20/2021

[PODCAST]

“Buenos días, el motivo de mi llamada es para notificarles que estoy viva”. Gudrun Westman de 86 años, residente en la ciudad sueca de Sollefteå, recibió una carta de las autoridades fiscales en la cual le reclamaban la devolución del último pago de su pensión, debido a que se le había transferido por error, ya que, al haber sido reportada muerta, ese pago no le correspondía. Al parecer, un médico del centro de salud de la ciudad había certificado su muerte sin añadir el correspondiente número de identificación personal de la anciana, lo cual dio pie a este incómodo error. Aparte del garrafal y vergonzoso error que supone el hecho de que una autoridad estatal de un país del llamado primer mundo confunda de esta manera el fallecimiento de una persona, se le añade el ridículo y, en cierta manera, divertido, hecho de reclamar la devolución de una pensión a la propia persona que, según los datos manejados por dicha autoridad, había fallecido. En fin, el caso es que, tras la conmoción inicial, Gudrun llamó para dar cuenta de la confusión, y, según sus propias palabras, no ha sido una tarea sencilla conseguir que rectifiquen el error en la base de datos, algo que al final le ha supuesto enormes dificultades a la hora de realizar gestiones o renovar documentos.

En una ciudad situada en el este de Polonia yacía el cuerpo sin vida de Janina KolKiewicz. Su médico de cabecera, Wieslawa Czyz, tras constatar que ni respiraba ni tenía pulso, había emitido un certificado de defunción, después de lo cual su cuerpo había sido introducido en una bolsa y trasladado a una fría habitación del depósito de cadáveres. Pasadas once horas, alguien se percató de que en el interior de una de las bolsas allí depositadas había movimiento, y al abrirla se encontró con la confusa anciana de 91 años que no paraba de tiritar. Janina, que sufre de demencia, por razones evidentes, cuando fue preguntada, no pudo recordar nada de lo sucedido y solo deseaba una gran taza de té para calentar su frío cuerpo.

Un diagnóstico errado y una confusión burocrática. Dos casos completamente diferentes, y ambos en cierta medida curiosos, que nos acercan a esa realidad que todo ser humano deberá enfrentar un día: la muerte. Hace ya años atrás, en un viaje de fin de curso, el autobús en el cual nos desplazábamos pasó casualmente delante de un camposanto. Entre risas y bromas alguien señaló hacia el lugar haciendo algún oportuno comentario. En ese momento, de manera brusca y visiblemente sobresaltada, una de mis compañeras se giró en sentido contrario y sin hacer ningún comentario comenzó a hablar de otro tema. Cuando le pregunté al respecto ella me contestó: “Cualquier cosa que me haga recordar la muerte, me provoca pánico. Veo que a ti no, pero ¿por qué?”. Mi respuesta a su inquietud, que no ha variado con el paso del tiempo, fue: Porque mi vida pertenece a Jesucristo (Fil 1:21).

Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn 11:25).

Hablar de la muerte o incluso pensar en ella despierta diversas clases de sentimientos y reacciones en cada uno de nosotros. Puede ser pavor, como en el caso de mi compañera, simple inquietud, preguntas o sencillamente cierta indiferencia por contemplar ese día desde la lejanía o por desear disfrutar de la vida mientras aún sea posible. Pero quienes tenemos una fe viva en Jesucristo ni tenemos necesidad de temer a la muerte ni entristecernos ante esta realidad, porque contamos con una esperanza segura. La fe basada en las palabras de Jesucristo, nos dan seguridad para el presente, el futuro y una vida después de esta.

Hay quienes alegan que se trata de una esperanza por completo vana, puesto que nadie regresó de la muerte para atestiguar sobre lo que hay más allá. Sin embargo, la fe cristiana se fundamenta en la muerte y resurrección de Jesucristo, certificada por quienes le vieron resucitado. Personas que, a pesar de que muchos de ellos fueron torturados por su fe, jamás se retractaron de ese testimonio (1 Co 15:1-6). Fueron bastantes más de quinientas personas, la inmensa mayoría de ellas gente sencilla, quienes en ningún caso obtuvieron ninguna clase de beneficio material por mantener ese testimonio. Al contrario, tuvieron que sufrir desprecio, penurias y hasta la muerte, siendo así sus vidas una evidencia segura, la cual atestigua que Jesucristo, de verdad, resucitó.

Recíbelo hoy en tu vida y tendrás seguridad para el presente y una esperanza firme para el futuro. Soy Carl, hasta siempre.